jueves, 30 de junio de 2011

Ciudad crocanti

Cuatro días en Budapest, una ciudad fantástica para quien, como yo, sea un fan de las ruinas. Dos millones de habitantes en 1900, y por tanto un centro histórico enorme, inabarcable en un par de días. La misma sensación de (vetusta) enormidad que en San Petersburgo. Tras esta ebullición constructora, unas cuantas décadas de semiabandono, y los mordiscos del tiempo dejan al descubierto cómo la arquitectura de entonces se basaba en la mayoría de los casos en recubrir una mole de ladrillo tosco con adornos de estuco... del mismo modo que el chocolate del helado crocanti recubre una masa uniforme de nata.


Cuando Madrid era una ciudad bastante provinciana, capital de un país pobre, estas dos ciudades europeas jugaban en una liga superior, la liga de los ricos de entonces, junto con Buenos Aires, Londres, Berlín, Nueva York, pero sobre todo, y por encima de todas, París, un espejo en el que parece que se miraba la segunda capital del Imperio Austrohúngaro (curioso entonces, que a los pocos años acabasen matándose entre sí en la Primera Masacre Mundial).


Bueno, que me ha encantado poder conocer, pasear y disfrutar (sobre todo en Pest) con mi chica, me alegro de no haber ido antes :-)

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